La mujer del sol

I

Como si una parte-todo de tu alma susurrara, respirara, olfateara que quedaba muy poco. El tiempo, no pierdas el tiempo, esa fue una de nuestras últimas charlas, pequeñas, pero como si esos instantes estuvieran teñidos de una verdad que tu alma ya sabía.

El sol fue la paz, el sol tu fuego, tu fervor y mi aire, mi esencia, fueron combustible para que en esta vida nos cruzáramos y fuéramos y viniéramos, encontrándonos y desencontrándonos. Quién dijo que tendría que haber sido de otra manera. Fue ese nuestro mutuo alimento, nuestra amistad y las lágrimas que enjuagaron y revivieron esa tristeza que deja una muerte temprana. Tu compañero, tus frutos y los recuerdos vivos de esa época hito del crecimiento de cada una, laten en mi corazón. Tu partida me trajo una aceptación de lo que es y no puede ser de otra manera, de algo que nos excede.  Como un latido de la rosa blanca que guardo junto a tus palabras de afecto, quién sabe por qué motivo las resguardé después de tantos años, y me animo a escribir que una parte-todo de mi alma también sabía de esta despedida.

 

 

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