Madrid

Salí a caminar por una ciudad tan nueva y a la vez conocida. Mi alma sentía una especie de desolación, un miedo muy primario a perderme, sin ser reconocida por nadie.

Camino mucho para dejar que un calor llegue a mi corazón, dejarme ser y ver a los otros como seres iguales, todos iguales sin más ni menos. Sin más yo ni menos yo, sin tanto yo. Con más calor. Camino, busco y pregunto dónde queda ese palacio transparente por el que atraviesan los rayos del sol, construido con cristal y hierro, una hermandad de opuestos que necesito. La fragilidad y la fuerza de ese palacio lo hacen único y el sol adentro se hace más presente. Es más fuerte y también más lunar y mi entrega es aún mayor.

Cuando entro, escucho cantos de pájaros que sobrevuelan el lugar. Veo, pregunto…es una pieza musical de un artista y hay que hacer silencio para escucharla. Hago silencio, leo su nombre y me estremezco, se llama “el barco se hunde, el hielo se resquebraja”. Hundirse, entregarse al hundimiento de estructuras y al sol y los pájaros…el hielo se va alejando. Los pájaros se acercan al sonido, al deshielo de los corazones humanos y animales.

Quiero el deshielo. Voy hacia él. Necesito del deshielo para volver a navegar, para ser agua y sol.

Quizás por eso, por esos lados sea comienzos de primavera, quizás por eso estemos en cuaresma y volvamos a transitar una vez más los días previos a la muerte, antes del renacer. 

Comments (2)

  1. Graciela Tizón

    Hermoso!!
    Nada mejor que nuestro propio calor y el de las personas que nos quieren bien…para deshielarnos!!!

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